BLOG PERSONAL

Este es el blog personal del diácono permanente de la Diócesis de Orihuela-Alicante FRANCISCO JUAN LOPEZ ALBALADEJO.
Diaconia es sacramento, es entrega, es consagración al servicio ministerial del Señor y de los hermanos. De los hermanos que necesitan escuchar la Palabra de vida eterna encarnada: "Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68); haciendo presente a Jesucristo en la comunidad cristiana y al mundo.

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ORIHUELA, ALICANTE, Spain
Diácono permanente de la Diócesis de Orihuela-Alicante. Licenciado en Ciencias Religiosas

martes, 25 de diciembre de 2012

SAN ESTEBAN, Diácono.



SAN ESTEBAN, Diácono




         El diácono San Esteban llegó a ser uno de los hombres en los que más se pudieron apoyar los apóstoles  para difundir su mensaje. Según podemos ver en los Hechos de los Apóstoles, la aparición de Esteban y de los otros diáconos en la vida pública de Jerusalén llegó cuando viudas y pobres que no eran israelitas se quejaron porque las ayudas eran destinadas a los propios israelitas antes que a los extranjeros. En ese momento, los apóstoles argumentaron que ellos no podían hacer frente a esa clase de conflictos porque estarían dejando de lado su misión de difundir el mensaje divino. Por ello, dieron la oportunidad de elegir a siete hombres justos que se encargaran de repartir las ayudas entre los pobres. Los mismos ciudadanos eligieron a los siete hombres justos, entre los que se encontraba Esteban. Estos hombres fueron presentados a los apóstoles y ordenados diáconos.
          La labor de San Esteban empezó a hacerse patente cuando los judíos venidos de otros países entablaban conversaciones con él, no pudiendo resistir la sabiduría que salía de sus palabras, inspiradas por el Espíritu Santo. Los de la sinagoga de los Libertos le llevaron delante del Sanedrín, presentando testigos falsos y acusándolo de afirmar que Jesucristo iba a destruir el templo y poner fin a las leyes de Moisés.
           Esteban pronunció un discurso ante los miembros del Sanedrín en el que fue repasando la historia del pueblo de Israel, echándoles en cara a los judíos su eterna oposición a los profetas y enviados de Dios, llegando incluso a matar al más importantes de todos ellos, el Redentor Jesucristo. Oyendo esto, los miembros del Sanedrín se enfurecieron. Esteban, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo exclamando: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios”. En ese momento, los que le escuchaban se taparon los oídos y se lanzaron contra él.
         Lo sacan entre gritos y empujones fuera de las murallas; los verdugos, tras quitarse sus mantos y dárselos a un joven llamado Saulo, se disponen a lanzar piedras contra el cuerpo del primer mártir cristiano.
          Esteban hinca las rodillas en el suelo y con los ojos hacia el Monte de los Olivos, donde un año o dos antes subió Jesús a los cielos, ruega a Él por los que le van a dar muerte, exclamando cuando siente los primeros golpes: “Domine Iesu, suscipe spiritum meum, Señor Jesús, recibe mi espíritu”.
          Cayó su cuerpo bañado en sangre. El perdón de los enemigos, la caridad cristiana que abraza a todos los hombres, el mandato del amor había arraigado bien en el corazón de la Iglesia. El primer mártir cristiano moría perdonando a sus verdugos, tal y como lo había hecho Jesucristo en lo alto de la cruz.
         Esta mansedumbre y caridad cristiana es la nota distintiva de la plenitud de San Esteban. Estaba lleno de gracia, sabiduría y de poder sobrenatural, pero sobre todo estaba lleno de amor, tenía un corazón formado en la escuela de Cristo.
          El odio contra Esteban y Jesús, recogido en el corazón más grande que allí había presente, el único en que cabía, se iba ha convertir en amor. Saulo, el fariseo, será muy pronto Pablo, el siervo de Cristo. La mejor corona de Esteban será la conversión de Saulo, que ahora guarda los vestidos de los verdugos, y que se va ha convertir en el Apóstol, en el medio elegido por Dios para dar a conocer la doctrina de su Hijo.
El Diácono Francisco López en el aniversario de su ordenación ministerial.

domingo, 23 de diciembre de 2012

LA ENCARNACION OBRA DE LA TRINIDAD



 LA DIMENSIÓN TRINITARIA DEL MISTERIO DE LA ENCARNACION

        El Verbo tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que pereciere lo que había creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para sí un cuerpo semejante como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en su cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible.
     La Encarnación del Hijo es un único acto, común a las tres Personas divinas: “El hecho de que María concibiese y diese a luz es obra de la Trinidad, ya que las obras de la Trinidad son inseparables” (S Agustín).
      Afirmar que “Uno de la Trinidad se ha hecho hombre” se ha hecho necesariamente problemática:
a)       La problemática teológica, abierta desde la formulación por K. Rahner del Grudaxiom, sobre la “conveniencia” de la encarnación de la segunda Persona y la doctrina de las “apropiaciones” en la teología clásica.
b)      Las grandes líneas del testimonio unitario de la Escritura sobre el compromiso y la        actuación salvífica del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el misterio de la Encarnación.
          De  la Teología y Cristología podemos deducir:
          La relación que existe entre el misterio de la Trinidad y el de la Encarnación= Dios-Padre-> Hijo-> Espíritu Santo.
      En San Pablo podemos ver el compromiso personal del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la encarnación. El envío de Hijo y del Espíritu Santo desde Dios-Padre.
“Pero cuando se cumplió el plazo envió Dios a su hijo, nacido de mujer, sometido a la Ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para que recibiéramos la condición de hijos. Y la prueba de que sois hijos, es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo eres también heredero, por obras de Dios” (Gál 4,4).
        Bajo esta auténtica “autocomunicación” de Dios por la revelación es posible para el hombre conocer el misterio trinitario de Dios. La revelación de Dios es la revelación de Dios uno y trino: el Padre de Jesús, que implica que Jesús es el Hijo de Dios; y el Espíritu Santo como don del Padre y del Hijo que nos introduce en la intimidad de su vida.
      El misterio de Dios uno y trino es el punto central de la fe cristiana y la fuente de todos los otros misterios cristianos, siendo a la vez la luz que los ilumina.

       La revelación de Dios uno y trino determina la especificidad y originalidad cristiana de la noción de Dios. El monoteísmo cristiano es el del Dios trino, por lo que no se puede identificar sin más con el Judaísmo o el Islam. Nuestro monoteísmo no es absoluto es relativo es Trinitario.
        El cristianismo, a diferencia de las demás religiones, confiesa que este Dios personal y trascendente, incluso permaneciendo tal, se ha hecho hombre. La existencia de Jesús de Nazaret ofrece todas las garantías históricas y teológicas de su encarnación personal, única, absoluta y definitiva: “la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios” (Decl Domini Jesus 14).
          Jesucristo es el lugar personal de encuentro y diálogo entre la divinidad y la humanidad, entre el eterno y la historia, entre el absoluto y lo relativo. Su persona y su acontecimiento constituyen la síntesis y el cumplimiento supremo de toda mediación salvífica pasada, presente y futura.
        La pretensión del cristianismo no es fundamentalismo. El cristianismo respeta la libertad y lo hace desde la humildad. La moral cristiana es Verdad-libertad. Lo seguimos en la libertad pero la Verdad no la construye la libertad.
        El misterio de la encarnación y el  misterio trinitario están en íntima y reciproca relación: “La economía de Jesucristo revela al Dios Trino; Jesucristo sólo puede ser conocido en su misión si se entiende correctamente la presencia singular de Dios mismo en él. Por ello, teocentrismo y cristocentrismo se iluminan y postulan mutuamente” (CTI)
        La encarnación tiene su fuente y su explicación en la Trinidad, y la Trinidad encuentra en la Encarnación su expresión y su prolongación ad extra, ya que en la fecundidad ad extra de Dios tiene su manifestación libre y gratuita no sólo en la creación, sino en la redención y en la misión del Hijo, que extiende a la humanidad entera y al cosmos la participación en la vida divina:
          “La Trinidad económica es la Trinidad inmanente, y viceversa” (Rahner). Dios uno y trino se revela en la “economía” tal y como es en su vida inmanente, a través de la revelación de Cristo tenemos acceso a la teología. Sólo a partir de la revelación acaecida en Cristo tiene sentido que hablemos del Dios trino.
           El modo como la Trinidad se presenta a nosotros en la economía de la salvación ha de reflejar como es en sí mismo: “Parece que esta reflexión se impone. De lo contrario la salvación del hombre no sería Dios mismo, habría que buscarla en otro sitio, o el Dios que se revela y nos salva no es el que es en sí mismo; lo cual evidentemente no es concorde con la fe cristiana” (Ladaria).
Aunque Dios es siempre mayor que todo lo que de él podemos conocer, la  revelación cristiana afirma que eso “mayor” es siempre trinitario.
FRANCISCO JUAN LOPEZ ALBALADEJO
Diácono (permanente)

lunes, 10 de diciembre de 2012

EL SERVICIO DE LA CARIDAD


Hoy ha entrado en vigor el Motu proprio “Intima Ecclesiae natura” (El servicio de la caridad en la Iglesia).

        Con este documento Benedicto XVI refuerza el papel de los obispos en la organización de las actividades caritativas de la Iglesia y reafirma que la caridad en la Iglesia es expresión de su esencia.

          Se destaca la importancia de la caridad en la Iglesia y  la pone a la misma altura que el anuncio de la Palabra de Dios y la liturgia: «La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra» (Carta enc. Deus caritas est, 25).

          Se recuerda a los obispos  que ellos son los responsables de la caridad en su Iglesia particular y que esto no es algo que pueden dejar en manos de cualquiera. Son tan responsables de la caridad como de la liturgia y la transmisión de la fe: «es propio de la estructura episcopal de la Iglesia que los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, tengan en las Iglesias particulares la primera responsabilidad de cumplir» (Deus caritas est, 32).

          En cuanto a Cáritas dice que no puede ser simplemente una organización de beneficencia: «la actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo» (Deus caritas est 34). Nos alimentamos de Cristo y damos testimonio de Cristo ante la comunidad y ante los pobres.

           También nos habla de la necesidad de ser fieles a los principios de la caridad evangélica: “Además de observar la legislación canónica, las iniciativas colectivas de caridad a las cuales hace referencia el presente Motu Proprio deben seguir en su actividad los principios católicos, y no pueden aceptar compromisos que en cierta medida puedan condicionar la observancia de dichos principios.”(Artº 1.3).  Parece de lo más elemental. No podemos hacer caridad fomentando el aborto, defraudando impuestos o mintiendo. Ni podemos colaborar con otras organizaciones de beneficencia que no respeten los principios católicos.

          Exige que los voluntarios que trabajan al servicio de la caridad estén a la altura de las exigencias propias y superando eso de la simple “buena voluntad”: “el Obispo diocesano debe velar para que quienes trabajan en la pastoral caritativa de la Iglesia, además de la debida competencia profesional, den ejemplo de vida cristiana y prueba de una formación del corazón que testimonie una fe que actúa por la caridad.” (Artº 7.2).  No basta para trabajar en la caridad de la Iglesia eso de que es buena gente. Se necesita gente creyente, de vida cristiana, y formada.

         Pide cautela a los obispos y párrocos:
“deben impedir que a través de las estructuras parroquiales o diocesanas se haga publicidad de iniciativas que, aunque se presenten con finalidades de caridad, propongan opciones o métodos contrarios a las enseñanzas de la Iglesia”( Artº 9.3). Porque esto nos pasa mucho: nos viene cualquiera para que favorezcamos una campaña, una actividad a favor de… y resulta que luego te enteras de que practican abortos, tienen dinero negro, o han sido acusados de fraude.

          En cuanto a la financiación de las obras de caridad de la Iglesia nos viene bien recordar que no toda aportación económica es aceptable: siempre hay que rechazar las que vienen de organismos e instituciones
“que persiguen fines en contraste con la doctrina de la Iglesia” (Artº 10.3). No creo que haga falta explicar nada.

         En resumen, se destaca la importancia del servicio de la caridad, la responsabilidad de los obispos y párrocos, y que en la caridad cristiana no se pueden justificar los medios en métodos y personas.

Francisco Juan López Albaladejo

Diácono (permanente)      10-diciembre-2012.

 

MOTU PROPRIO SOBRE EL SERVICIO DE LA CARIDAD

BENEDICTO XVI
Motu Proprio sobre el
SERVICIO DE LA CARIDAD
Proemio
«La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra» (Carta enc. Deus caritas est, 25).
El servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia (cf. ibíd.); todos los fieles tienen el derecho y el deber de implicarse personalmente para vivir el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó (cf. Jn 15, 12), brindando al hombre contemporáneo no sólo sustento material, sino también sosiego y cuidado del alma (cf. Carta enc. Deus caritas est, 28). Asimismo, la Iglesia está llamada a ejercer la diakonia de la caridad en su dimensión comunitaria, desde las pequeñas comunidades locales a las Iglesias particulares, hasta abarcar a la Iglesia universal; por eso, necesita también «una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado» (cf. ibíd., 20), una organización que a su vez se articula mediante expresiones institucionales.
A propósito de esta diakonia de la caridad, en la Carta encíclica Deus caritas est señalé que «es propio de la estructura episcopal de la Iglesia que los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, tengan en las Iglesias particulares la primera responsabilidad de cumplir» el servicio de la caridad (n. 32), y observaba que «el Código de Derecho Canónico, en los cánones relativos al ministerio episcopal, no habla expresamente de la caridad como un ámbito específico de la actividad episcopal» (ibíd.). Aunque «el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos ha profundizado más concretamente el deber de la caridad como cometido intrínseco de toda la Iglesia y del Obispo en su diócesis» (ibíd.), en cualquier caso era necesario colmar dicha laguna normativa a fin de expresar adecuadamente, en el ordenamiento canónico, el carácter esencial del servicio de la Caridad en la Iglesia y su relación constitutiva con el ministerio episcopal, trazando los perfiles jurídicos que conlleva este servicio en la Iglesia, especialmente si se presta de manera organizada y con el sostén explícito de los Pastores.
Desde esta perspectiva, por tanto, con el presente Motu proprio deseo proporcionar un marco normativo orgánico que sirva para ordenar mejor, en líneas generales, las distintas formas eclesiales organizadas del servicio de la caridad, que está estrechamente vinculada a la naturaleza diaconal de la Iglesia y del ministerio episcopal.
Se ha de tener muy presente que «la actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo» (ibíd., 34). Por tanto, en la actividad caritativa, las numerosas organizaciones católicas no deben limitarse a una mera recogida o distribución de fondos, sino que deben prestar siempre especial atención a la persona que se encuentra en situación de necesidad y llevar a cabo asimismo una preciosa función pedagógica en la comunidad cristiana, favoreciendo la educación a la solidaridad, al respeto y al amor según la lógica del Evangelio de Cristo. En efecto, en todos sus ámbitos, la actividad caritativa de la Iglesia debe evitar el riesgo de diluirse en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes (cf. ibíd., 31).
Las iniciativas organizadas que promueven los fieles en el sector de la caridad en distintos lugares son muy diferentes entre ellas y requieren una gestión apropiada. De modo particular, se ha desarrollado en el ámbito parroquial, diocesano, nacional e internacional la actividad de la «Caritas», institución promovida por la Jerarquía eclesiástica, que se ha ganado justamente el aprecio y la confianza de los fieles y de muchas otras personas en todo el mundo por el generoso y coherente testimonio de fe, así como por la concreción a la hora de responder a las peticiones de las personas necesitadas. Junto a esta amplia iniciativa, sostenida oficialmente por la autoridad de la Iglesia, han surgido en diferentes lugares otras múltiples iniciativas, que nacen del libre compromiso de los fieles que quieren contribuir de diferentes maneras con su esfuerzo a testimoniar concretamente la caridad para con las personas necesitadas. Tanto unas como otras son iniciativas distintas en cuanto al origen y al régimen jurídico, aunque expresan igualmente sensibilidad y deseo de responder a una misma llamada.
La Iglesia, en cuanto institución, no puede ser ajena a las iniciativas que se promueven de modo organizado y son libre expresión de la solicitud de los bautizados por las personas y los pueblos necesitados. Por esto, los Pastores deben acogerlas siempre como manifestación de la participación de todos en la misión de la Iglesia, respetando las características y la autonomía de gobierno que, según su naturaleza, competen a cada una de ellas como manifestación de la libertad de los bautizados.
Junto a ellas, la autoridad eclesiástica ha promovido por iniciativa propia obras específicas, a través de las cuales provee institucionalmente a encauzar las donaciones de los fieles, según formas jurídicas y operativas adecuadas que permitan llegar a resolver con más eficacia las necesidades concretas.
Sin embargo, en la medida en que dichas actividades las promueva la propia Jerarquía, o cuenten explícitamente con el apoyo de la autoridad de los Pastores, es preciso garantizar que su gestión se lleve a cabo de acuerdo con las exigencias de las enseñanzas de la Iglesia y con las intenciones de los fieles y que respeten asimismo las normas legítimas emanadas por la autoridad civil. Frente a estas exigencias, era necesario determinar en el derecho de la Iglesia algunas normas esenciales, inspiradas en los criterios generales de la disciplina canónica, que explicitaran en este sector de actividades las responsabilidades jurídicas que asumen en esta materia los diversos sujetos implicados, delineando en particular la posición de autoridad y de coordinación que corresponde en esto al Obispo diocesano. Dichas normas, sin embargo, debían tener una amplitud suficiente para comprender la apreciable variedad de instituciones de inspiración católica que, en cuanto tales, actúan en este sector, tanto las que nacieron por impulso de la Jerarquía, como las que surgieron por iniciativa directa de los fieles, y que los Pastores del lugar acogieron y alentaron. Si bien era necesario establecer normas al respecto, era preciso a su vez tener en cuenta cuanto requiere la justicia y la responsabilidad que los Pastores asumen frente a los fieles, respetando la legítima autonomía de cada ente.
Parte dispositiva
Por consiguiente, a propuesta del Emmo. Presidente del Consejo Pontificio «Cor Unum», tras haber escuchado el parecer del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, establezco y decreto lo siguiente:
Art. 1. - § 1. Los fieles tienen el derecho de asociarse y de instituir organismos que lleven a cabo servicios específicos de caridad, especialmente en favor de los pobres y los que sufren. En la medida en que estén vinculados al servicio de caridad de los Pastores de la Iglesia y/o por ese motivo quieran valerse de la contribución de los fieles, deben someter sus Estatutos a la aprobación de la autoridad eclesiástica competente y observar las normas que siguen.
§ 2. En los mismos términos, también es derecho de los fieles constituir fundaciones para financiar iniciativas caritativas concretas, según las normas de los cánones 1303 CIC y 1047 CCEO. Si este tipo de fundaciones respondiese a las características indicadas en el § 1 se observarán asimismo, congrua congruis referendo, las disposiciones de la presente ley.
§ 3. Además de observar la legislación canónica, las iniciativas colectivas de caridad a las cuales hace referencia el presente Motu Proprio deben seguir en su actividad los principios católicos, y no pueden aceptar compromisos que en cierta medida puedan condicionar la observancia de dichos principios.
§ 4. Los organismos y las fundaciones que promueven con fines de caridad los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica están sujetos a la observancia de las presentes normas y deben seguir cuanto establecido en los cánones 312 § 2 CIC y 575 § 2 CCEO.
Art. 2. - § 1. En los Estatutos de cada organismo caritativo a los que hace referencia el artículo anterior, además de los cargos institucionales y las estructuras de gobierno según el can. 95 § 1 CIC, también se expresarán los principios inspiradores y las finalidades de la iniciativa, las modalidades de gestión de los fondos, el perfil de los propios agentes, así como las relaciones y las informaciones que han de presentar a la autoridad eclesiástica competente.
§ 2. Un organismo caritativo puede usar la denominación de «católico» sólo con el consentimiento escrito de la autoridad competente, como se indica en el can. 300 CIC.
§ 3. Los organismos con finalidad caritativa que promueven los fieles pueden tener un Asistente eclesiástico nombrado con arreglo a los Estatutos, conformemente a los cánones 324 § 2 y 317 CIC.
§ 4. Al mismo tiempo, la autoridad eclesiástica deberá tener presente el deber de regular el ejercicio de los derechos de los fieles a tenor de los cánones 223 § 2 CIC y 26 § 2 CCEO, con el fin de evitar el multiplicarse de las iniciativas de servicio de caridad en detrimento de la operatividad y la eficacia respecto a las finalidades que se proponen.
Art. 3.- § 1. A efectos de los artículos anteriores, se entiende por autoridad competente, en los respectivos niveles, la que se indica en los cánones 312 CIC y 575 CCEO.
§ 2. Si se trata de organismos no aprobados en el ámbito nacional, aunque trabajen en varias diócesis, se entiende por autoridad competente el Obispo diocesano del lugar en el cual se encuentre la sede principal de dicho ente. En cualquier caso, la organización tiene el deber de informar a los Obispos de las demás diócesis en las cuales lleva a cabo su labor, y de respetar sus indicaciones en relación a las actividades de las distintas entidades caritativas presentes en la diócesis.
Art. 4. - § 1. El Obispo diocesano (cf. can. 134 § 3 CIC y can. 987 CCEO) ejerce su solicitud pastoral por el servicio de la caridad en la Iglesia particular que tiene encomendada como Pastor, guía y primer responsable de ese servicio.
§ 2. El Obispo diocesano favorece y sostiene iniciativas y obras de servicio al prójimo en su Iglesia particular, y suscita en los fieles el fervor de la caridad laboriosa como expresión de vida cristiana y de participación en la misión de la Iglesia, como se señala en los cánones 215 y 222 CIC y 25 y 18 CCEO.
§ 3. Corresponde al respectivo Obispo diocesano vigilar a fin de que en la actividad y la gestión de estos organismos se observen siempre las normas del derecho universal y particular de la Iglesia, así como las voluntades de los fieles que hayan hecho donaciones o dejado herencias para estas finalidades específicas (cf. cánones 1300 CIC y 1044 CCEO).
Art. 5. - El Obispo diocesano debe asegurar a la Iglesia el derecho de ejercer el servicio de la caridad, y cuidar de que los fieles y las instituciones bajo su vigilancia observen la legislación civil legítima en materia.
Art. 6. – Es tarea del Obispo diocesano, como indican los cánones 394 § 1 CIC y 203 § 1 CCEO, coordinar en su circunscripción las diversas obras de servicio de caridad, tanto las que promueve la Jerarquía misma, como las que responden a la iniciativa de los fieles, respetando la autonomía que les fuese otorgada conformemente a los Estatutos de cada una. En particular, vele para que sus actividades mantengan vivo el espíritu evangélico.
Art. 7. - § 1. Las entidades a las que hace referencia el art. 1 § 1 deben seleccionar a sus agentes entre personas que compartan, o al menos respeten, la identidad católica de estas obras.
§ 2. Con el fin de garantizar el testimonio evangélico en el servicio de la caridad, el Obispo diocesano debe velar para que quienes trabajan en la pastoral caritativa de la Iglesia, además de la debida competencia profesional, den ejemplo de vida cristiana y prueba de una formación del corazón que testimonie una fe que actúa por la caridad. Con este objetivo, provea a su formación también en ámbito teológico y pastoral, con específicos curricula concertados con los directivos de los varios organismos y con propuestas adecuadas de vida espiritual.
Art. 8. – Donde fuese necesario por número y variedad de iniciativas, el Obispo diocesano debe establecer en la Iglesia que se le ha encomendado una oficina que en su nombre oriente y coordine el servicio de la caridad.
Art. 9. - § 1. El Obispo debe favorecer la creación en cada parroquia de su circunscripción de un servicio de «Caritas» parroquial o análogo, que promueva asimismo una acción pedagógica en el ámbito de toda la comunidad para educar en el espíritu de una generosa y auténtica caridad. Si fuera oportuno, dicho servicio se constituirá en común para varias parroquias del mismo territorio.
§ 2. Corresponde al Obispo y al párroco respectivo asegurar que, en el ámbito de la parroquia, junto a la «Caritas» puedan coexistir y desarrollarse otras iniciativas de caridad, bajo la coordinación general del párroco, si bien teniendo en cuenta cuanto indicado en el art. 2 § 4.
§ 3. Es un deber del Obispo diocesano y de los respectivos párrocos evitar que en esta materia se induzca a error o malentendidos a los fieles, por lo que deben impedir que a través de las estructuras parroquiales o diocesanas se haga publicidad de iniciativas que, aunque se presenten con finalidades de caridad, propongan opciones o métodos contrarios a las enseñanzas de la Iglesia.
Art. 10. - § 1. Corresponde al Obispo la vigilancia sobre los bienes eclesiásticos de los organismos caritativos sujetos a su autoridad.
§ 2. Es un deber del Obispo diocesano asegurarse de que los ingresos provenientes de las colectas que se realicen en conformidad a los cánones 1265 y 1266 CIC, y cánones 1014 y 1015 CCEO, se destinen a las finalidades para las cuales se han recogido (cánones 1267 CIC, 1016 CCEO).
§ 3. En particular, el Obispo diocesano debe evitar que los organismos de caridad sujetos a su cargo reciban financiación de entidades o instituciones que persiguen fines en contraste con la doctrina de la Iglesia. Análogamente, para no dar escándalo a los fieles, el Obispo diocesano debe evitar que dichos organismos caritativos acepten contribuciones para iniciativas que, por sus fines o por los medios para alcanzarlos, no estén de acuerdo con la doctrina de la Iglesia.
§ 4. De modo particular, el Obispo debe cuidar que la gestión de las iniciativas que dependen de él sea testimonio de sobriedad cristiana. A este fin, debe vigilar que los sueldos y gastos de gestión respondan a las exigencias de la justicia y a los necesarios perfiles profesionales, pero que a su vez sean debidamente proporcionados a gastos análogos de la propia Curia diocesana.
§ 5. Para permitir que la autoridad eclesiástica a la que hace referencia el art. 3 § 1 pueda ejercer su deber de vigilancia, las entidades mencionadas en el art. 1 § 1 deben presentar al Ordinario competente el balance anual, en el modo que indique el propio Ordinario.
Art. 11. - El Obispo diocesano debe, si fuera necesario, hacer público a sus fieles el hecho que la actividad de un determinado organismo de caridad ya no responde a las exigencias de las enseñanzas de la Iglesia, prohibiendo por consiguiente el uso del nombre «católico» y adoptando las medidas pertinentes en el caso de que aparecieran responsabilidades personales.
Art. 12.- § 1. El Obispo diocesano debe favorecer la acción nacional e internacional de los organismos de servicio de la caridad bajo su solicitud pastoral, en particular la cooperación con las circunscripciones eclesiásticas más pobres, análogamente a cuanto establecen los cánones 1274 § 3 CIC y 1021 § 3 CCEO.
§ 2. La solicitud pastoral por las obras de caridad, según las circunstancias de tiempo y de lugar, pueden ejercerla conjuntamente varios Obispos de las diócesis más cercanas respecto a más de una Iglesia, en conformidad con el derecho. Si se tratase de ámbito internacional, es preciso consultar preventivamente el Dicasterio competente de la Santa Sede. Asimismo, es oportuno que, para iniciativas de caridad de ámbito nacional, el Obispo consulte la oficina correspondiente de la Conferencia Episcopal.
Art. 13.- La autoridad eclesiástica del lugar conserva siempre íntegro el derecho de dar su consentimiento a las iniciativas de organismos católicos que se desarrollen en el ámbito de su competencia, en el respeto de la normativa canónica y de la identidad propia de cada organismo, y es su deber de Pastor vigilar a fin de que las actividades realizadas en su diócesis se lleven a cabo conformemente a la disciplina eclesiástica, prohibiéndolas o adoptando las medidas necesarias si no la respetasen.
Art. 14. - Donde sea oportuno, el Obispo promueva las iniciativas de servicio de la caridad en colaboración con otras Iglesias o Comunidades eclesiales, salvando las peculiaridades propias de cada uno.
Art. 15. - § 1. El Consejo Pontificio «Cor Unum» tiene la tarea de promover la aplicación de esta normativa y de vigilar que se aplique en todos los ámbitos, sin perjuicio de la competencia del Consejo Pontificio para los Laicos sobre las asociaciones de fieles, prevista en el art. 133 de la Constitución apostólica Pastor Bonus, así como la de la Sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado, y salvadas las competencias generales de los demás Dicasterios y Organismos de la Curia Romana. En particular, el Consejo Pontificio «Cor Unum» debe vigilar que el servicio de la caridad de las instituciones católicas en ámbito internacional se desarrolle siempre en comunión con las respectivas Iglesias particulares.
§ 2. Análogamente, compete al Consejo Pontificio «Cor Unum» la erección canónica de organismos de servicio de caridad en el ámbito internacional, asumiendo sucesivamente las tareas disciplinarias y de promoción que correspondan por derecho.
Ordeno que todo lo que he deliberado con esta Carta apostólica en forma de Motu Proprio se observe en todas sus partes, no obstante cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y establezco que se promulgue mediante la publicación en el periódico «L'Osservatore Romano», y que entre en vigor el 10 de diciembre de 2012.
Dado en el Vaticano, el día 11 de noviembre del año 2012, octavo de Nuestro Pontificado.



BENEDICTUS PP. XVI

domingo, 11 de noviembre de 2012

LA DIACONIA DE LA CARIDAD


DIACONIA DE LA CARIDAD

         El diácono tiene encomendado además del ministerio de la liturgia y de la palabra el de la caridad. A este servicio ministerial se refiere la elección de los primeros  diáconos por los Apóstoles, entre los cuales se encontraba san Esteban como se describe en los Hechos de los Apóstoles[1] y en donde se ve al diácono llamado a la administración de la caridad.  La atención a los necesitados fue siempre  oficio de los diáconos y la Iglesia nos ofrece el ejemplo de San Lorenzo, archidiácono de Roma, como mártir de la caridad y patrón de los que ejercen de una manera particular  este ministerio de amor hacia los pobres que son considerados como el mayor tesoro de la Iglesia.

          En la triple diaconía del evangelio anunciado, celebrado y vivido, los diáconos ponen de relieve que es Cristo quien ama en la persona del diácono y lo que hace el diácono es por Cristo.  Su función es dar testimonio de que la caridad cristiana emana del amor de Dios manifestado  en  Cristo Diácono del Padre. Así los diáconos participan del amor de Dios por sus hijos y es manifestado en el amor de Cristo por los hombres.

          Los diáconos  como ministros de la Iglesia expresan el amor preferencial de Cristo por todo, especialmente por los pobres, marginados, excluidos, inmigrantes, etc.  Igualmente los diáconos son en la Iglesia signos sacramentales de  Cristo  lavando los pies a los discípulos[2], que vino al mundo a servir y no a ser servido[3]. Esta acción de Jesús sitúa a la Iglesia en diaconía para con los más pobres. Los diáconos están en comunión con Dios y los hermanos  a través del servicio que se explicita en la caridad y en el testimonio de amor.

         De este modo, si se contempla en clave cristológica, este ministerio diaconal trasciende  todo el trabajo  social y caritativo y lo transforma en la  salvación que Dios ofrece.  El diácono no es meramente un trabajador social ordenado, Ignacio de Antioquia en referencia a la primera carta a los Corintios  llama a los diáconos «diáconos de los misterios de Cristo, pues no son diáconos de carne y bebida sino siervos de la Iglesia de Dios»[4]. Hay quienes caen en un reduccionismo del ministerio de la caridad restringiéndolo a una simple acción social. Este es un peligro del que tenemos que ser conscientes para no caer en un concepto muy limitado del diaconado.  Hay diáconos que poseen un carisma especial para el ministerio de la acción social dentro de la caridad, pero el diaconado no se puede reducir simplemente a la acción caritativo-social.

          En el ejercicio de las obras de caridad que el obispo le confiará[5], se dejará guiar siempre por el amor de Cristo hacia los pobres y no por  intereses personales o  ideologías que niegan la vocación trascendental del hombre.  El diácono es consciente de que la diaconía de la caridad conduce necesariamente a promover la comunión dentro de la iglesia de todos los hombres por la cooperación con los presbíteros y la comunión con el obispo[6].

          Para ejercer el ministerio diaconal de la caridad el diácono debe comenzar por vivir y sentir la caridad  de Cristo en su vida cotidiana, en su matrimonio y en su familia.

          El diácono ejercerá la caridad sobre todo con los presbíteros, les ofrecerá apoyo moral y espiritual y deberá hacerlo aun cuando no reciba de los demás clérigos el apoyo que él necesita, así se asemejará de verdad a Cristo servidor de todos hombres y en esta Diaconía de Cristo tendrá el diácono el modelo a seguir.

          La Iglesia siempre tendrá un lugar preferencial en su corazón para los pobres y los necesitados  pues  la caridad es responsabilidad de toda la Iglesia, el hecho, sin embargo, de que en la persona del diácono este servicio esté sacramentalmente ligado a la proclamación de la Palabra y la celebración de la Liturgia, demuestra que la caridad a la cual están llamados los cristianos tiene su origen en Cristo, en los  misterios de su Encarnación,  Muerte y Resurrección. Este ministerio que el orden episcopal confía al diácono es un tesoro del cual el diácono no puede deshacerse, tesoro que es de institución apostólica. Aún en el caso de que la sociedad moderna extirpara completamente la pobreza siempre habrá lugar para la caridad y el diácono.

          En el ministerio de la caridad los diáconos deben configurarse con Cristo Siervo al cual representan,  por eso en la oración de ordenación  el obispo pide para ellos a Dios Padre que  «Estén llenos de toda virtud; sinceros en la caridad, premurosos hacia los pobres y los débiles, humildes en su servicio (…) Sean imagen de tu Hijo, que no vino para ser servido sino para servir»[7]. Con el ejemplo y la palabra, ellos deben esmerarse para que todos los fieles, siguiendo el modelo de Cristo, se pongan en constante servicio a los hermanos.

         Decir diaconía de la caridad es decir diaconía del amor, porque «Dios es amor» (1Jn 4,16). Da satisfacción pensar que el diácono sea ministro del amor, porque el amor está en el centro de la vida cristiana: «ubi caritas est vera, Deus ibi est», donde hay verdadera caridad, allí está Dios. El ministerio de la caridad, junto al de la Palabra y de la Liturgia enriquece espiritualmente al diácono,  pues la celebración eucarística a la que el diácono sirve y la Palabra que proclama y predica le exige conformar su vida con el misterio celebrado y el misterio celebrado es la donación total de Cristo en su muerte y resurrección. Si quiere ser diácono del amor de Cristo, su servicio de caridad debe ser expresión de la entrega incondicional de sí, a imagen de Cristo.

         El amor a Cristo y a la Iglesia debe estar en el alma del diácono profundamente unido al amor a la Madre del Señor en la imitación de sus virtudes y en la confiada entrega a Ella[8] .

          Debe estar el diácono preparado para ejercer la Diaconía de Cristo en estos tiempos que nos ha tocado vivir y, por tanto, dispuesto para emprender iniciativas encaminadas al alivio del sufrimiento ajeno estudiando en cada momento los recursos y conocimientos que se ponen a su alcance teniendo siempre presente la Doctrina Social de la Iglesia tantas veces olvidada por todos.

FRANCISCO LOPEZ

Diácono (permanente)







[1] Cf. Hch 6, 1-6.


[2] Cf. Jn 13, 1-17.


[3] Cf. Mc 10, 45.


[4] Ignacio de Antioquía. Carta a los Tralianos 2,3; Cf LG 41.


[5] Cf. Directorio 55


[6] Cf. ROBPD 207.


[7] Cf. Mc 10, 45; ROBPD 49.


[8] Cf. Directorio 56.